Hoy se cumplen 46 años de aquel 11 de septiembre que partió la historia de Chile en dos, y El Mercurio publicó una inserción a página completa titulada: “El 11 de septiembre de 1973 Chile se salvó de ser como es hoy Venezuela”, y el presidente de la República Sebastián Piñera, a través de un punto de prensa en La Moneda, reafirmó esta visión invertida de la realidad señalando que la Unidad Popular había conducido al país a una crisis sin precedentes.

Ambos mensajes evidencian la interpretación que hace la elite económica y política de nuestro país. Acostumbrados a moldear la “opinión pública” a través del control absoluto de los medios de comunicación masivos, no ponen límites a sus engaños y mentiras.

Piñera pide desterrar la violencia como medio de acción política después de militarizar la región de la Araucanía (Wall Mapu), encubrir el asesinato de Catrillanca y otros mapuches, ordenar la ocupación policial del Instituto Nacional, reprimir de manera masiva y agresiva la marcha de conmemoración del golpe de Estado, proteger la movilización de grupos neonazis… en fin, después de haberse hecho del poder económico y político gracias a la dictadura de Pinochet.

El presidente pide terminar con la demagogia y el populismo como herramientas políticas olvidando que en la campaña presidencial prometió “tiempos mejores” (y no ha cumplido) y obviando que los partidos de su gobierno consiguen votos ofreciendo regalos a la ciudadanía.

La máxima autoridad política pide no caer en la irresponsabilidad y no repetir errores del pasado sin considerar que el precio que tuvimos que pagar como sociedad a cambio de sus lucrativos negocios con los capitales estadounidenses, chinos y europeos fue la tremenda vulnerabilidad actual en la que se encuentra nuestra economía con relación al mercado internacional y sus posibles crisis.

Los violentos, demagogos-populistas e irresponsables nos vienen a dar lecciones de civilidad el día en que bombardearon La Moneda e iniciaron la persecución y muerte de miles de chilenos, todas y todos compañeros nuestros que dieron la vida por un proyecto político emancipador.

Nuestra sociedad esta fracturada y dividida, efectivamente. Pero, han sido ellos, los dueños de la tierra, los medios de producción y el capital, los que la han dividido y profundamente.

En la actualidad, más de un millón de trabajadores vive con el suelo mínimo, pudiendo garantizar con ese ingreso solo su sobrevivencia física (ingresos mínimos para acceder a la alimentación que permite la vida). Según datos oficiales 8% vive en la pobreza, pero estimaciones más realistas sitúan la cifra en 29%. La mitad de los trabajadores tiene un salario menor a 400.000 pesos mensuales, cerca del 70% no supera los 550.000, y solamente 2 de cada 10 obtiene una remuneración sobre los 750.000, sin embargo, muchos de ellos tampoco alcanzan para pagar los servicios básicos que tienen un costo privado promedio cercano a 1.000.000 de pesos mensual, ya que el valor de los productos y servicios, todos privatizados, no detiene su aumento. Por ejemplo, una vivienda promedio cuesta 3.000 UF (86.000.000) volviéndose inaccesible para el 85% de la población.

El origen de la división de los chilenos está en esta desigualdad económica y política, la que es brutal. ¿Cómo se origina? Por ejemplo, las AFP entregan en promedio jubilaciones cercanas a los 300.000 pesos mensuales a trabajadores que cotizaron entre 25 y 30 años, mientras sus ganancias son escandalosas: 1.476 millones de pesos al día, es decir, 267.000 millones de pesos de ganancia solo el último trimestre.

Esta desigualdad económica se sustenta en las privatizaciones de los bienes públicos y la exclusión política de los trabajadores y del mundo popular. Ambas se instalaron en dictadura (1973-1989) y se reafirmaron en el pacto de gobernabilidad de la transición (1990-2006). En el actual momento de crisis de legitimidad política y reacomodo en el poder (2006-2019) se discute – disputa la posibilidad de un nuevo acuerdo de gobierno que puede integrar o volver a excluir al pueblo.

El desafío actual es interrumpir dicha inercia neoliberal-autoritaria. No basta con quejarse por las redes sociales o sumarse de tanto en tanto a las marchas, es necesario levantar luchas reivindicativas por nuestros derechos (laborales, habitacionales, de salud y/o educación), y articularlas en torno a un proyecto político transformador con vocación de mayorías, institucionalizado en movimientos socio-políticos y alcaldías, parlamentarios y gobiernos, convertidos en herramientas de emancipación del pueblo, como lo fue durante el gobierno de Salvador Allende.

Con la memoria intacta, recordamos y homenajeamos a los nuestros, levantando lucha por los derechos sociales y alternativa política.

Ukamau – Pueblo Libre